Textos
«La naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos maestros soberanos: el placer y el dolor» [J. Bentham, Principios de moral y legislación, en Solomon, p 710]
Ampliación | La fisiología emotiva
Las emociones pueden ir acompañadas de una serie de fenómenos fisiológicos, que serían alteraciones viscerales, motoras, neurofisiológicas y endocrinas. Sobre todo, hablamos de reacciones del sistema autónomo: conductividad dérmica, respiración, piloerección, dilatación pupilar, vasoconstricciones y dilataciones vasculares (lo cual puede dar lugar a reflejos ruborizantes), presión arterial, ritmo cardíaco. El estudio neurofisiológico de las emociones se ha pretendido desarrollar mucho. Se supone que el sistema nervioso autónomo, en su rama simpática, es responsable de la activación del organismo que se puede manifestar en las emociones: aceleración cardíaca, tensión muscular, etc; por el contrario, la rama parasimpática sería la responsable de los estados de calma. El simpático hace que el organismo entre en situación de emergencia: se contraen los vasos que riegan las vísceras y la sangre se manda sobre todo a los músculos, la pupila se dilata para ver más, se detiene la digestión, las glándulas suprarrenales descargan adrenalina y noradrenalina, la cual facilita la función glucógena del hígado para servir más energía al cerebro y los músculos. Pero todo esto no es más que una pauta general de activación o emergencia del sujeto; por supuesto, se puede plantear que tiene una utilidad biológica: poner al sujeto en disposición de reaccionar inmediatamente; Cannon, por ejemplo, señaló que la reducción de los tiempos de coagulación que se puede observar sería una preparación para posibles hemorragias. Pero, ¿qué tiene que ver ésta pauta general con la complejidad de las emociones?. Además, el control de las emociones no es sólo responsabilidad del sistema autónomo; actualmente se está de acuerdo en que el sistema límbico (que incluye amígdala, hipocampo, septum, campos olfatorios y algunos elementos del paleocortex) también tiene mucho que decir. Junto al hipotálamo, regula la función hormonal del organismo. Intervenciones en el cerebro de gatos han conseguido provocar estados permanentes de furia inmotivada o de pérdida del miedo. Son también innumerables las experiencias donde la emoción sexual se provoca por la estimulación hipotalámica, o por la inyección de estrógeno actuante sobre el hipotálamo, etc. Otros autores, como Lindsley y Papez han querido resaltar como papel clave en la generación de emociones el del sistema reticular autónomo, es decir, justamente el mismo lugar del cerebro que se supone es responsable del control de los distintos niveles de activación del sujeto. Por último, tendríamos las experiencias de Olds sobre el centro del placer en el hipotálamo. También, finalmente, habrá que tener en cuenta el papel que puede tener el cortex. Desde luego, al enfocar el tema de las emociones desde el lado de los fenómenos fisiológicos se pretende insistir aún más en la teoría de las emociones como reflejos incondicionados o innatos. El problema es que los fenómenos fisiológicos no permiten una buena discriminación entre emociones distintas: todas las emociones tienen más o menos los mismos efectos fisiológicos, y las variaciones en todo caso sólo serían de intensidad. De manera que la investigación fisiológica, a lo sumo, sólo puede determinar cuando hay una emoción, pero no qué clase emoción es. Las mediciones fisiológicas supondrían un continúo numérico, cuantitativo, mientras que las diferencias entre emociones son cualitativas. Sartre remacha indicando: “No serviría de nada mostrar en la alegría una excitación que predispone a la ira, ni citar a esos subnormales que pasan continuamente (balanceándose en un banco, por ejemplo, y acelerando su balanceo) de la alegría a la ira. El subnormal que está encolerizado no está ‘ultra alegre’. Incluso si ha pasado de la alegría a la ira (y nada permite afirmar que no haya intervenido mientras tanto una multitud de acontecimientos psíquicos) la ira es irreductible a la alegría” (Sartre, Bosquejo de una teoría de las emociones)
La teoría de Sartre
Para Sartre, la emoción puede ser tanto una conducta que adopta el sujeto como una experiencia que tiene de la realidad. Empecemos por la emoción en tanto que conducta. Para Sartre, los motivos para adoptar una conducta emotiva los encuentra el sujeto en la realidad, al encontrarse con objetos que le resultan emocionantes (deseables, con una significación práctica para sí, etc); esta es la conciencia irreflexiva, espontánea, que se encuentra con objetos emocionantes en el mundo; por eso, Sartre rechaza plantear la emoción como una interocepción, como el resultado de una reflexión de la conciencia. Originariamente, la emoción es conciencia emocionada de algo, aunque luego el sujeto pueda llevar adelante una reflexión sobre esa emoción. Ahora bien, ¿cuál es la explicación de la conducta emotiva? En la explicación general de cualquier conducta, Sartre plantea que el sujeto trata de satisfacer sus deseos, sus proyectos; la forma en que ordinariamente se intenta satisfacer esos deseos es operando instrumentalmente en el mundo. En el nivel espontáneo e irreflexivo del para-sí, nos vemos rodeados de un mundo cargado de significaciones para la acción. Estas estructuras son bien expresadas por los gerundivos latinos: por ejemplo, delenda est Carthago: Cartago debe ser destruida. En el nivel espontáneo de la acción, tenemos una conciencia posicional de estructuras prácticas del mundo: 1) Un fin hacia el que nos proyectamos, entendido como un determinado estado deseable futuro del mundo; 2) una apreciación práctica de las cosas: apremio, exigencia, deseabilidad, valoración, etc; 3) una discusión sobre el sentido práctico como medios de las cosas: rendimiento, prestación, potencialidad, utilidad, etc. Y todo ello lo veo así y lo evalúo en función del proyecto que me he propuesto; por ejemplo, una misma montaña será vista con unas significaciones prácticas distintas para un escalador y para un pintor. Esta misma explicación general vale para explicar la conducta emotiva; así, la conducta emotiva está, como cualquier otra conducta, encaminada a conseguir unos fines. Pero lo que diferencia crucialmente a la conducta emotiva de las otras conductas es la manera en que intenta conseguir esos fines; en el planteamiento normal de conducta, el sujeto estima que hay una realidad con unas características fijas, y nuestra intervención activa tiene que guiarse por esas características o leyes para conseguir cosas; la conducta emotiva, en cambio, plantea una modificación de esa realidad que nos circunda en sus características. Una de las maneras en que podemos caer en la conducta emotiva –aunque Sartre no especifica que sea la única- es cuando el sujeto se encuentra en una situación que hace especialmente difícil la acción; cuando las características de la realidad, de nuestra situación, imposibilitan al sujeto los caminos para alcanzar sus fines, y no se plantea la posibilidad de alterar esa situación por medio de la acción instrumental, entonces el sujeto puede intentar cambiar la situación de manera emotiva, mágica; éste mecanismo de llegar a una conducta emotiva es bien conocido: la frustración es una fuente de emociones. Como no puedo alterar las características de la realidad que en ese momento me circunda, el sujeto entonces adopta la conducta que se supone que adoptaría si las características de la realidad fueran otras; por ejemplo, una conducta de repugnancia ante unas uvas que no puedo alcanzar, como la conducta de repugnancia que adoptaría si las uvas estuvieran realmente verdes; o una conducta de desmayo ante un peligro inminente, reproduciendo en mí lo que pasaría si ese peligro no existiera: que no le vería. En resumen, la conducta emotiva la adopta el sujeto cuando no puede o no quiere (como, por ejemplo, los psicasténicos de Janet) adoptar otras conductas ante determinados problemas de la realidad. Pero no vayamos a pensar que para Sartre la emoción se reduce a una determinada conducta. Las conductas las puede tomar el sujeto de una manera irreflexiva y espontánea, pero también es posible que el sujeto decida realizar una conducta de manera deliberada; Sartre examina dos tipos de casos: 1) un actor, que desarrolla en las tablas o ante la cámara, una determinada conducta emotiva; para Sartre, se trata obviamente de una falsa emoción, y además en una situación falsa, preparada; 2) un sujeto que finje una conducta emotiva, por ejemplo, de alegría ante un regalo que recibe: en ese caso Sartre considera que la situación es real, pero lo que falla es que el sujeto está adoptando esa conducta deliberadamente, y ‘ni él mismo se la cree’. De manera que para que una conducta emotiva funcione de alguna manera ha de venir acompañada de la experiencia correspondiente, experiencia que el sujeto ha de creerse; es más, ese creer en la eficacia de la conducta emotiva, ese creer que la realidad es como corresponde a la conducta emotiva es lo que hace que la conducta emotiva ‘funcione’. Por eso pensamos que la emoción es algo padecido, algo que nos es impuesto; y aquí es donde aparecen los fenómenos fisiológicos, que no son controlables por el sujeto. La emoción, dice Sartre, aparece en un cuerpo trastornado que ejecuta una determinada conducta: ambos factores son necesarios para poder hablar de emoción. El trastorno fisiológico del cuerpo es algo común a todas las emociones y viene a ser similar además a muchos otros trastornos que puede sufrir el cuerpo; es entonces la conciencia, y la conducta emotiva que sostiene, la que viene a dar un sentido a ese trastorno fisiológico. El sujeto emocionado se encuentra así cautivado, cautivado por sí mismo, y viviendo en un mundo mágico; porque la emoción del sujeto construye todo un mundo de la emoción: un mundo cruel, terrible, sombrío, alegre, etc; por eso la emoción puede mantenerse en el tiempo. Y en definitiva tenemos una experiencia de los objetos como emocionantes. Hasta ahora Sartre nos ha presentado los casos en que el sujeto se aparta de una representación ordinaria e instrumental de la realidad, bien porque no le queda más remedio ante la dificultad que presenta la realidad, bien porque no le interesa esa representación y quiere hacer aparecer la realidad como más difícil de lo que es. Pero Sartre considera que también es posible considerar la posibilidad de que efectivamente haya regiones de la realidad que escapan a cualquier posibildad de representación ordinaria e instrumental siempre. “Por ejemplo, súbitamente aparece un rostro torcido por una mueca y se pega al cristal de la ventana; el terror me invade. Aquí, claro está, no hay conducta que mantener; la emoción no parece tener finalidad”. En éstos casos, no hay una conciencia transformándose, sino una pura revelación del mundo como mágico; esa región que se nos puede revelar como mágica es, para Sartre, la de la relación con los otros. Los otros se nos aparecen como una espontaneidad degradada, pasivizada. “Así, pues, el hombre es siempre un hechicero para el hombre y el mundo social es ante todo mágico. No resulta imposible forjarse una visión determinista del mundo interpsicológico ni edificar sobre ese mundo mágico unas superestructuras irracionales. Pero en éste caso son esas superestructuras las que resultan efímeras y carecen de equilibrio, las que se derrumban en cuando cobra demasiada fuerza el aspecto mágico de los rostros, de los gestos, de las situaciones humanas”; respecto al mundo de las relaciones con los otros, pues, es la conducta instrumental-operativa la que resulta forzada, y no la conducta emotiva, que es la natural para esa región. Sartre habla del horror y la admiración como emociones básicas de éste tipo. No es nuestra conducta emotiva la que sostiene ahora la emoción, y la que acompaña al trastorno de nuestro cuerpo, sino la conducta del otro. Además, todos éstos fenómenos, aunque asociados a la región de lo humano, pueden extenderse a todo el mundo: “Se extiende a las cosas en tanto que éstas pueden aparecer como humanas (sentido inquietante de un paisaje, de ciertos objetos, de una habitación que conserva la huella de un misterioso visitante), o en tanto que llevan la huella de lo psíquico. Está claro también, que esa distinción entre dos grandes tipos de emoción no es absolutamente rigurosa: ambos tipos con frecuencia se mezclan, y la mayor parte de las emociones son impuras. Así es como la conciencia, al realizar por finalidad espotánea un aspecto mágico del mundo, puede crear la oportunidad de que se manifieste una cualidad mágica real. Y, recíprocamente, si el mundo se presenta como mágico, de un modo u otro, puede que la conciencia precise y complete la constitución de esa magia, la difunda por todas partes o, por el contrario, la concentre y la refrene en un solo objeto”. Hay, pues, toda una experiencia emotiva de la realidad. El sujeto puede ver el mundo como una mera realidad en la que sus acciones intervienen para producir determinados efectos; éste es un mundo más o menos seguro y estable, con unas estructuras de potencialidad, utensilidad y rendimiento de las cosas; el papel del conocimiento y el papel del deseo están bien delimitados aquí para el sujeto; se puede llevar a cabo una reflexión totalmente objetiva y racional sobre los medios para conseguir satisfacer los deseos. Pero el sujeto puede también estar en una relación distinta con la realidad; un mundo de objetos de comportamiento impredictible y mágico y respecto al cual el sujeto adopta conductas mágicas.
Enlaces
https://elpais.com/eps/psicologia-y-bienestar/2022-02-10/como-recuperar-el-entusiasmo.html
https://www.elmundo.es/papel/el-mundo-que-viene/2022/10/06/633864b021efa011508b45c6.html